Perdido en La Sabana

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De paso por el barrio de Rohrmoser, me desperté a media madrugada, cuando aun el gallo no ha cantado, ni el ternero mamado, porque la neblina entraba por las ventanas abiertas de par en par. Cuando ya los primeros rayos de luz intentaban alcanzar nuestra amada tierra, la espesa bruma desaparecía, dejando un ambiente denso empacado de armiño que ante mis ojos se desvanecía.
A las seis de la mañana, la hora tempranera cuando Dios nos ayuda, me fui a caminar. Al cruzar el bulevar frente al Estadio Nacional seguí mi trayectoria al noreste hasta introducirme al siempre verde Parque Metropolitano La Sabana Padre Chapuí. La seis de la mañana es la hora de los guardas, que se retiran cansados de su faena nocturna. Los primeros corredores de la mañana pasaban respirando profundamente. Aun así, yo lo saludaba a todos con un brisco “buenos días”. Yo los comprendo que no saluden, quizás porque no les han despabilado las endorfinas que traen felicidad.
A medio parque entré bajo el espeso canapé de los cientos de árboles que cobijan el bosque. Hay muchos senderos y pasos habituados por los 38,000 visitantes por semana que visitan el más popular parque de Costa Rica. Después de los primeros pasos, allá por la gran cepa de bambú, se ubicaban cuatro policías montados, cuya misión es monitorear la seguridad en todo el parque durante las horas nocturnas.

 

Metros más adelante salí por detrás de la estatua de don León Cortés. Me quedé para verlo porque es un ícono de la ciudad. Don León era conocido como el Guayacán. En uno de sus últimos mítines políticos, en la ciudad de Nicoya, muchos allegados llegaron a saludarlo y a abrazarlo; cuando ya la multitud se dispersó, don León y su comité se quedaron despavoridos, porque algún allegado político, entre saludo y abrazo, le había pasado una filosa navaja cortándole el saco que llevaba puesto.

 

El Aeropuerto Internacional de la Sabana fue muy importante en su tiempo. En los días postreros de la Revolución del 48, don Manuel Mora Valverde y su gente fueron conducidos con guardaespaldas liberacionistas muy armados, ya que peligraban sus vidas.
Don Fernando Ortuño habló con el piloto para advertirle, que, en la otra esquina del parque, frente a la antigua La Salle, un grupo de combatientes procuraban realizar un atentado. Cuando ya el DC- 3 tomaba pista, el piloto advertido giró la nave forzosamente para salir en dirección contraria, hacia San José. La fusilería y los balazos de las metrallas golpearon la nave, que dichosamente partió y luego tomó tierra en Ciudad de Panamá. La nave fue llevada al taller de reparación, ¡ya que estaba totalmente agujereada!
En el ataque a San Isidro de El General, a don Fernando le perdonaron la vida y lo dejaron escapar. Él lograba pagar la deuda de honor salvando la vida de sus contrarios. Fue un acto muy de nuestra cultura y pueblo. Ese tipo de acto se repetiría más veces en los años subsiguientes en actos políticos.
En 1958 mi señora madre se montó al avión para ir a Miami, vuelo que duraba ocho horas. ¡La gente se vestía muy formalmente y mi madre salió con guantes blancos! Claro ese vuelo paraba en San Andrés y Gran Caimán. Para uno como niño lo único que pensaba era que su mamá le iba a traer un juguete, ¡el Fuerte Apache!
Bajo la campana: El 12 de octubre de 1783, en la Villa Nueva de San José, fallecía el primer padre Manuel Antonio Chapuí. Fue muy interesante su testamento, ya que se decretaba un gran bienestar para todos:

“Declaro que las tierras en que está poblada esta villa son mías, cuyos títulos han perdido mis sobrinas; pero es público y notorio cuáles son sus linderos pues lo acreditan las demás que con ellas confinan por sus escrituras. Es mi voluntad que queden a beneficio de los hijos de ella, con el bien entendido de que todos los que quisieran sitio para vivir sea bajo la campana, y este se le ha de medir por el teniente de Gobernador que es o fuere de esta villa, a quien para ello se le deberá tomar su venia”.

El padre Chapuí heredó sus tierras a quien simplemente quisiera vivir “bajo la campana” de la iglesia de Villanueva: más de 950 hectáreas comprendidas entre los actuales terrenos de los Hatillos, los Anonos, La Uruca, y Zapote, Montes de Oca y todo el centro de San José. De hecho, vivimos en el gran latifundio del padre Chapuí.
Escogió el sitio más alto de San José, para construir la primera iglesia, que hoy es la Catedral. Si uno hace recuento, se puede apreciar que efectivamente la Catedral Metropolitana está asentada en la cúspide de la ciudad. Ustedes los josefinos, viven debajo de “la campana”. ¡O sea, por debajo de la campana de la catedral del padre Chapuí!
El padre Chapuí quizás nunca podría imaginarse en esos tiempos lejanos de 1783, cuando Costa Rica apenas despertaba, el inmenso legajo que nos dejaba. De todos modos, ya iba pasando el espléndido edificio, hoy convertido en el Museo del Arte. Recuerdo cuando inauguraron el Gimnasio Nacional. Un gran momento en esos tiempos, ahora de poca monta. Enrumbando de nuevo al Oeste, los automóviles se movilizaban a mayor velocidad, pero mi vista contemplaba los corredores y atletas, que corren como si los persiguiera el pisiquas, y otros que laboran para perder peso y no perder su juventud.
Ya al cruzar el bulevar frente a Canal Siete, un señor bien vestido me saludó con sonrisa. Era el primero que me saludaba a mí. Cuando yo alegremente lo saludé de vuelta, me hizo una pregunta.
—¿Señor, no me puede regalar quinientos colones?
Le dije que desde luego y le entregué mi último billetico rojo. Que alegre se fue el señor bien vestido, con las faldas meticulosamente metidas y zapatos de charol. Recordé que era uno de los “pobres vergonzantes”, que llaman. Porque viven con alegría con lo que tienen y no tienen. Remiendan su ropa y se cuidan para salir a la calle en las mejores condiciones posibles. Nunca se quejan, pero gozan de buena salud y eso les trae alegría y satisfacción.
Llevar una moneda de esas grandes o un billetico rojo es siempre de cuido. Porque en algún momento le traerá una sonrisa y felicidad a otro. De eso, en fin, se trata la vida.
Así terminé una caminadita domingueña de cinco kilómetros. Eso me trajo alegría a mí. De paso por el Barrio Rohrmoser, perdido allá por La Sabana, en Pavas de San José.

Fraser Pirie